En el interior de la sierra peruana existen miles de cuentos, mitos ocultos que son la única explicación que los lugareños le dan a su razón de ser. Creencias interminables que traspasan la barrera del tiempo y que son transmitidas por el boca a boca, haciendo a un lado al testimonio escrito y debatiéndose entre la realidad y la fantasía, dos mundos entrecruzados entre los cuales yace la historia del lugar.
Ignacio Gutierrez no creía en ninguno, siempre pensaba que eran charlatanerías de quien no tiene oficio ni beneficio, de un puñado de gente que encuentra en el chismorreo un modo de vivir o de señoras ya en años que inventaban relatos para recordar su época de gloriosa juventud, ahora perdida en la reminiscencia. No le encontraba lógica a historias de aparecidos, de oscurantismo y de personificaciones en las cuales se hacia presente, según el dicho popular, el mismo diablo.
Él tenía una pequeña tara que le impedía ver y creer en aquellos infundios: era de la capital, de Lima. No tenía una mente serrana, no vivía al son de la Pachamama ni conocía las enfermedades que chamanes y curanderos aliviaban con abnegada destreza. Había llegado recientemente a Huaylas, un lugar dejado a la desidia de Dios y ubicado entre ríos, quebradas y cumbres nevadas, al lado derecho del Río Santa y más allá de Mato, otra pequeña comarca de no más de 200 habitantes que se perdía en medio de los andes ancashinos.
Era ingeniero y estaba a cargo de un proyecto a realizarse en la Central Hidroeléctrica de Huallanca, un paraíso tecnológico ubicado a tan solo 30 minutos de la vetusta localidad y al cual se llegaba por una carretera que se dibujaba como una serpiente a través de un abismo. La ruta, además, estaba atravesada por más de 30 túneles, cada uno adornado por sendas y pequeñas cruces que daban cuenta de los que, al salir, se habían desviado al vacío a causa de un pestañeo.
Ignacio poco a poco se adaptó a la rutina y a sobrevivir en un lugar ajeno al mundo. Después de las agitadas horas laborales en la Hidroeléctrica, comenzó a frecuentar la cantina del pueblo, que también fungía de tienda de abastecimientos, improvisado restaurante, hotel para los pocos forasteros que allí llegaban y, en muchos casos, inusitada oficina del ayuntamiento, en tanto el alcalde de turno pasaba más tiempo en aquella fonda, saciando la sed a punta de llonque y licores baratos, antes que en su sillón municipal. Ignacio, aunque no tenía la costumbre de libar, una que otra vez aceptó una copa por cortesía, costumbre habitual que lo obligaba a devolver el favor invitando la siguiente ronda a quienes lo acompañaban.
Aquí conoció y escuchó a Don Ñoshe, un anciano que hacia cinco años había celebrado su primer siglo de vida y que tenía un semblante bíblico. Parecía un personaje sacado del viejo testamento, con largas barbas casi hasta el pecho, una cabellera blanca que lanzaba destellos al contacto con la luz y un cuerpo cubierto tan solo por un poncho, sus yankees y unos cuantos harapos que, antes que ropa, eran un relleno de telas superpuestas que lo protegía del infernal frío que azotaba a la región. A pesar de las diez décadas a cuestas y de ser tuerto, parecía un gladiador andino cada vez que se enfundaba una pala y un pico para trabajar la tierra, labores que practicaba desde que tuvo uso de razón. Su vitalidad parecía, y así lo afirmaban los lugareños, fruto de un pacto sobrenatural.
Siempre llegaba al pequeño bar lleno de historias, antiguos relatos que lanzaba después de dos copas de cañazo y para los cuales usaba, como aderezo, palabras indescifrables, antiguos proverbios en lengua quechua y extractos de rezos que lindaban con el lamento. Siempre hablaba de una encarnación, de que el diablo tiene miles de ojos y oídos y que el arroyo que brotaba por una de las esquinas del antiguo cementerio estaba maldito y por lo tanto, intransitable luego de la media noche.
“Eso sucede cuando hay una mala muerte”, se regocijaba el anciano al contar el episodio. “Cuando fui joven, los sinchis mataron a varios terrucos en ese lugar. Luego, después de despedazar los cuerpos, los tiraron a los perros del cementerio. Lo que quedaba se iba a la fosa común, esa de donde nace la vieja quebrada”, señalaba el viejo. “En ese lugar se te aparece el ‘supay’: no sabes como, ni donde. De un momento a otro te das cuenta que está contigo cuando te enseña los colmillos. Allí dónde algunos han muerto bajo el yugo de otro hombre, allí son sus dominios en la tierra”, decía categóricamente.
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