El verdadero autor de este relato quiere mantenerse en el sótano del anonimato porque, a merced suya, lo que aquí está a punto de narrarse puede llevar a interpretaciones equivocadas sobre lo poco que le queda de dignidad. Así que, en vista de este pedido, voy a proceder a atribuirme su experiencia y dar rienda suelta a la mi versión, una tergiversación propia de hechos que nunca viví.
Érase una vez que en Lima vivía un personaje llamado “El Sito”. Sí, con artículo por delante y mayúsculas, faltaba más… Él, más que un amigo, era un íntimo de la promoción 1995, infaltable en los reencuentros y amo y calígula de las mercenarias juergas que en honor de Marcelino Champagnat, el fundador de nuestra escuela, brindábamos. Hablaba de si mismo siempre en tercera persona, como cuando se nombra a un personaje ajeno y a quien se le atribuye dones extraordinarios y un respeto desenfadado. Sí, ese era nuestro propio emperador, un sujeto que en un solo pestañear convertía la vida en un exceso.
En una de aquellas ocasiones, yo (o mejor dicho, el anónimo…) tuve la dicha de darle rienda suelta a la barbarie adolescente con él hasta las tantas de la mañana. El dinero era lo de menos, puesto que su padre, con toda la esperanza y buena voluntad del mundo, le había dado en prenda un restaurante de comida marina, un lugar que se había convertido en su chiringuito y chacra particular. Cerveza no nos iba a faltar y mujeres, pues… solo había que ir a buscarlas.
‘El Sito’ y yo tambaleábamos por el alcohol. Eran más de las 3 a.m., el gris del cielo limeño ya era un negro esmeralda y una de las osas brillaba en repetidos espasmos. Antes que el estómago asomara por mi boca, le dije.
Salí alzando el dedo desde la puerta, esperando que un noctámbulo taxista me librara de lo que suponía iba a ser un secuestro. No se le dice “no” a “El Sito”.
Me di media vuelta y lo vi subir a tientas al auto. Mi conciencia de buen compañero y hermano en Marcelino Champagnat me carcomieron la voluntad de un solo mordisco. “Si se va solo, solo Dios sabe donde terminará… o quizá Él tampoco…”.
Durante el trayecto, ‘El Sito’ comenzó a recitar orondas poésias, recordando aquellos años en el aula en los que él, adicto a la poesía y la oratoria, se postraba en el tabladillo y recitaba a Vallejo, Neruda y Benedetti, con mímicas, gestos y lágrimas incluídas. Todo un espectáculo en las gimkanas, reuniones de padres de familia y en el viaje de promoción, cuando en medio de la fogata lanzó unos cuántos endecasílabos al vuelo. Un espectáculo como el que estaba montando ahora en el taxi. Craso error el de dejarlo ir en el asiento del copiloto, porque cuando a “El Sito” se le daba por satisfacer sus caprichos de oratoria…
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espectacular crónica ricky… pero… vendiste al Sito!!!! borralo lo antes posible q peligra el mito! jaja tantos recuerdos con un personaje sinceramente entrañable (y absolutamente irrepetible) un abrazo.
Sórdido… MUY sórdido… digno del buen ‘Sito’. Que buen amigo para haber tenido que, casi a punta de pistola, seguir al Sito a esta clase de antros. Heroico.
jajajaja…”sórdido”…nada tío, no fui yo el valiente. Fue otro individuo que se niega a confesar su nombre. Solo puedo decir que es de la promo, vive en Barcelona y tiene un hijo….
… y eso que próximamente lanzo la de cierto ‘hermano’ mío patolín que tuvo su despedida como bien se merece, con una morena kilométrica en aquél lupanar cuyo nombre comienza con la sílaba “Cu”…..
qué tal los yunaites tío?
Jamas adivinaria quien es el heroe catalan, bien cofla él, protagonista de tal hazaña… jajaja. Fuerza las “cuquissss”!!!! Cuando vienes a visitar a NYC Ricabrito?