cuentos urbanos

La niña de la montaña

Ese día, Don Emilio se levantó más temprano que lo ritualmente acostumbrado. Inicio sus labores a las 4 de la mañana, dejó a su esposa, Doña Ñoshe, en la cama y a sus dos perlas, Carlita y Matías, durmiendo apaciguadamente. Normalmente, la vida comenzaba a las 5:30, pero ese no era un día normal. Había que adelantar la rutina para poder llegar temprano a las fiestas de Ninabamba, un pueblo vecino que estaba a cuatro horas de distancia entre ríos, cumbres y quebradas, por trochas y paisájes exóticos de la sierra sur del Perú.

Don Emilio se vistió con unos pantalones algo raídos, una camisa a cuadros y sus eternas ojotas. Se puso el sombrero de paja y, después de dar dos besos a sus retoños, salió a paso ligero para dar un paseo hasta la montaña que estaba al frente del hogar, donde las vacas y toros de la abuela, ‘la mamita’, pastaban a su antojo.Había que darles un poco de agua, echarles alfalfa y cambiarlas de lugar, llevar las estacas de un lado a otro jalando a las confundidas bestias, a quienes solo les importaba rumiar, comer y echarse en el pastizal. La ‘Dora’, una de las privilegiadas, de un tamaño descomunal, vestida con una piel blanca y manchada, había dado a luz hace tan solo unos días, y ‘Dorita’, la cría, saltaba a su lado dando brincos interminables en un intento por dominar sus todavía flácidas extremidades. El paisaje recordaba a una comunidad tolkiana en medio de los andes puneños, al sur del Perú.

Ese día no era cotidiano. Había que hacer las labores temprano porque a las once de la mañana la familia entera partía hacia Ninabamba, donde los caseríos de la comunidad se reunirían para festejar a San Antonio de Padua, una estatua de yeso y cal que desperdigaba bendiciones para la siembra, la cosecha y el mal de ojo. Era un ritual sagrado que había que cumplir todos los segundos domingos de agosto de cada año, para así asegurar el porvenir y la riqueza de la próxima siega. Era también una forma de agradecer a la “pachamama”, la madre tierra. Ritos occidentales y andinos se juntaban en una sola fiesta, que también era una grata ocasión para compartir con los paisanos y beber chicha de jora, comer pachamanca y degustar la carne de los cerdos y gallinas muertos en honor al santo y los apus.

Después de dar de comer a los animales, Don Emilio regresó raudo al hogar. Eran ya las diez de la mañana y estaban haciéndose un poco tarde para la cita. Después de todo, les esperaba un trayecto de cuatro horas de camino, cruzando el río, que estaba al costado de la casa y que, en época de lluvia, lanzaba bramidos al golpear su incontrolable corriente contra las piedras. Después había que trepar la tremenda cuesta del cerro Tacamache (un coloso imponente que se levantaba por sobre las montañas vecionas) para, finalmente, deslizarse suavemente cuesta abajo por el caserío del Tingo, donde se ubicaba el único teléfono público de la comarca, en una pequeña tienda de cerveza, aguardiente y chuches de todo color.

“Ñosha, cariño, ¿Ya está todo listo? ¿Los niños están ya cambiados?”, dijo Don Emilio, precipitándose a su humilde morada.

“Si, ‘taita’, ya estamos listos”, gritó el más pequeñín, Matías, con tan solo cinco añitos, un vivo retrato de la inocencia. Salió descalzo de la habitación, con los piecitos al aire. Estaba acostumbrado a andar así. No sabía ponerse las medias ni los zapatitos ortopédicos, unos marrones, pequeñitos, como él. Detrás suyo salió Carlita, con un vestido largo, haciéndose trenzas en el pelo y probándose un sueter nuevo que su padre le había traído de la feria de Chugur. Tenía 9 años.

  • “Mi princesa, ¿Ya estás lista?”
  • “Si, ‘Taita’. ¿Estoy bien?”.
  • “Eres la más preciosa de toda la comarca”.
  • “‘Taita’, ¿Cómo me pongo esto?”, dijo la otra criaturita, con la media metida en la mano y el zapato izquierdo en el pie derecho.
  • “Déjalo, ‘churi’. Ahora tu hermana te va a ayudar”.
  • “Tú no sabes nada hacer, ¿no?”.

 

Carlita se quedó custodiando al pequeño mientras Emilio entraba a ver a su esposa.

  • “Noshe, cariño, ¿Ya estás lista?”.
  • “Sí ‘qhari’. Vamos ya, que Ña’ Susana nos está esperando en la quebrada para ir juntos”.
  • “Sí, lo sé. Allí nos encontramos…sentada ella con sus dos críos. Estaba hilando, con esa rueca ‘maluca’, mientra Benjamín y Gilberto jugaban con la cosecha”.
  • “Los tamales que preparé ayer están en la alforja ya. El cántaro de la chicha está en la cocina. envuelto con un saco está. Fiambre para los niños también llevo”.
  • “Bueno Nosha, vamos entonces. Llama a los niños”.
  • “¡Carli, Mati!¡Vamos ya!”.

La niña cargaba al pequeño a duras penas pero con dulzura, mientras este pataleaba y jugaba con una pelotita de hule que tenía entre las manos. Se lo entregó a su madre, quien lo abrigó con un poncho, una manta andina, y lo cargó en la espalda como una inquieta mochila. Don Emilio ya tenía la alforja con los tamales y la chicha de jora listas, además de la fiambre que los niños le pedirían a mitad de camino. El cielo comenzó a desgranar unas pocas gotas de agua, un pequeño aguacero los iba a acompañar durante el largo trayecto. Emprendieron el rumbo, Carlita adelante, dando sendos brincos, y los padres tras ella, pisando con fuerza ya que el lodo producto de la lluvia comenzaba a arreciar en el camino de trocha.

  • “Cuidado, niña, no vayas tan rápido”, dijo Don Emilio.
  • “Si Taita”, contestó la niña.

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