Historias cotidianas, de aquí,
hoy y siempre

 

Terminé la secundaría en el Colegio Champagnat en el año 1995. Si la memoria no me falla (un alzheimer precoz sería una dicha que creo no merecer), la decisión de darle a ese grupo de ciento y tantos de amigos el nombre de Promoción Hugo Salazar Rivero fue unánime. Hugo, quien irónicamente no estuvo en las fotos de nuestro último año en ese fortín miraflorino llamado Champagnat, ni  en aquellas que traen a la memoria los tres últimos años de la secundaria, fue un gran amigo mío hasta que la leucemia decidió, sin concesión alguna y de forma inopinada, arrancarlo de este mundo: ese que aun no conocíamos y se resumía en juegos , bromas iracundas y en algunos casos (apostaría que en la mayoría) prácticas onanistas.

Me viene a la mente su recuerdo a raíz de una fotografía algo enjuta, que encontré en esa biblioteca del pasado que en algunos casos es el Facebook. No estoy en ella, sino el equipo de basket de Adecore, al cual Hugo pertenecía. Dice la referencia que fue su último año con el equipo miraflorino y el primero con uno que vestia de blanco, que jugaba en serio a salvarle la vida y cuyas estrategias se basaban en quimioterapias, radioterapias y maremagnos médicos que nada pudieron hacer para arrebatarlo del destino.

Después de año y medio, Hugo murió. Teníamos poco más de una década y ese fue mi primer contacto con la muerte, ese personaje etéreo que nos acompaña silenciosamente y que te habla una sola vez y para siempre. Su partida me enseñó a llorar por un amigo ausente y fue cuando me di cuenta que, en esto que conocemos como realidad, solo estamos de paso.

 

Hugo Alonso Salazar Rivero

Hugo y yo fuimos buenos camaradas en sexto de primaria y en el amanecer de la secundaria. Jugábamos a ser superhéroes con espadas invisibles, a mover las cosas con la mente. Peleábamos con gracia blandiendo nuestros sables-láser, que se hacían realidad gracias al poder de nuestra imaginación. Cada vez que chocaban entre sí producían un chirrido estrepitoso, producto de nuestras habilidades guturales. Nos dañábamos sin herirnos hasta que el sórdido timbre que anunciaba el final del recreo daba por terminada la contienda.

No recuerdo si fue en primero o segundo año de secundaria cuando se ausentó de las aulas por espacio de seis meses. Los rumores sobre su enfermedad provocaron comentarios que se apagaron silenciosamente entre juegos y burlas, síntomas propios de esos doce años de vida que a todos nosotros, sus compañeros, nos bendecían. Sin embargo, el impacto de su regreso, sin pelo y con una gorra que intentaba disimular el cáncer, tocó a más de uno. A pesar de que sonreía y jugaba con todos nosotros, no era el mismo y, al menos yo, sentía que ya se nos había ido.

Después de un tiempo en las aulas, desapareció repentinamente para nunca más volver. Comunicaron oficialmente su deceso, ocurrido en una tarde de invierno (me acuerdo claramente del cielo gris de aquél día en el que mi madre me llevó a la misa de su cuerpo presente) y quizás guardamos un minuto de silencio en su honor. La noticia devastó a varios, siendo yo uno de los caídos, a pesar de que no entendíamos bien lo que había sucedido. A esa edad, la muerte parece ser un momento imposible, algo que no va a ocurrir. Pero la partida de Hugo nos hizo comprender que ella te acompaña, como una amiga incondicional, desde antes de nacer.

La tarde de la misa estuve atontado. En mi mente no comprendía el porque de tantas lágrimas, puesto que en la pre-adolescencia uno ya quiere ser mayor y quizás quería negar mi propio luto diciéndome a mí mismo que Hugo ya no era tan joven, que había jugado lo suficiente y que, a pesar del desenlace, nos habíamos divertido a nuestras ansias. Ahora, después de dos décadas, me doy cuenta de que se fue sin conocer absolutamente nada de lo que existe en este mundo, que a punta de carajos y bofetadas te enseña a ser feliz.

Finalizada la ceremonia, después de ver a sus padres entumecidos por las lágrimas, me di cuenta de que los adultos también lloran y grité en secreto hacia mis adentros para no caer en el coro de lamentos que había contagiado a toda la multitud. Sin embargo, el sentimiento me pudo cuando llegué a casa. Me aferré fuertemente a mi madre y solté toda mi rabia, traducida en un sollozo interminable, por el amigo perdido. Lo volveré a ver, eso es un hecho, y estoy seguro que volveremos a jugar inventando espadas, sonriendo en ese mundo que todos imaginamos con temor, pero que él ya conoce hace veinte años y en donde nos espera con el uniforme puesto y con ese pelo erizado que desapareció en un solo suspiro.

 

Comments

Be first to comment on this post!

Add comment

Copyright © Ricardo Granda 2010, All Rights Reserved
Powered by WordPress