Después de semanas de un ocio sublime, de andar despanzurrado por el piso mirando de reojo y con recelo todo aquello que había a mi alrededor (que, ciertamente era mucho) hoy decidí, con la frente altiva y la mirada serena, enfrentarme a toda esa inmundicia reluciente presente en todas partes.
No habría decidido ponerme el uniforme de combate sino fuera porque ya hasta sentía chirridos al caminar: el suelo había sido invadido por una mugre viva que comenzaba a perseguir mis sentidos para noquearlos, para dejarme enclenque, tembleque, sucumbiendo a su merced. El hedor que mi departamento desprendía comenzaba ya a alterar mi interna paz. En buen cristiano: apestaba a mierda.
Decidí entonces calzarme el uniforme de guerra: un irrisorio short negro que tiene complejo de calzoncillito adolescente y que está designado única y exclusivamente para las labores caseras (no me lo pondría en la calle ni por el gordo de Navidad), ese polo blanquirrojo que data del año del ñangué (me lo compré en Lima en el alba de mis 20 años…) y que en su juventud era completamente rojo, unas sandalias marrones que exponen sin decencia alguna mis impúdicos callos e uñas mal cortadas, y, por supuesto, mis armas para la batalla: la aspiradora, una fregona recientemente comprada, detergente para el baño, guantes, una cubeta y una determinación inexpugnable de dejar el piso como una casa de espejos a costa de matar de una sola cachetada a mi tan adorada pereza.
Mi yo diablo me susurraba al oído que dejara todo tal cual. “Igual, después de un tiempo se va a ensuciar, no pierdas esos valiosos minutos en el Facebook” lanzaba el pendejo. Mi yo ángel, horrorizado ante el espectáculo de ver bolsitas de chocolate, restos de tortitas de maíz, una mancha verde pegajosa que salía del interior del water, así como polvo, suciedad y una llovizna incipiente que caía del techo, producto del ecosistema interior que la mugre había formado en mi departamento, lo maniató y me lanzó una ordén con visos de improperio: “¡limpia, carajo!”, dijo sin titubeos.
Puse manos a la obra: primero tomaríamos el inodoro, invadido hasta la pestilencia, y la consigna era no dejar prisioneros. Me lancé contra la masa viscosa que escapaba del water y la ataqué con armas químicas: el gel de baño. Se intentó escapar por los bordes pero pude contenerla a tiempo gracias a las bondades del papel higiénico, colocado estratégicamente para maniatar cualquier intento de fuga.
Luego procedí, haciendo uso de las enseñanzas de Karate Kid (encerar, pulir, encerar y pulir…) a rematar al bicho raro. Se derritió tristemente por las paredes del inodoro y la bandera blanca de la limpieza fue izada sobre la tapa, que comenzó a reflejar mi rostro: inequívoca señal de que estábamos tomando los territorios ocupados. Una vez dinamitada la hediondez del baño, faltaba re-conquistar los cuartos aledaños y la capital de la barbarie: el salón principal.
El arriscado territorio imposibilitaría la lucha cuerpo a cuerpo, por lo que tuve que recurrir a armamento de alto calibre. El tanque salió del baño imponiéndose por sobre esa maraña de polvo, restos de comida y, podría apostar, una que otra víscera. El largo cañón, semejante a un acordeón de metro y medio, no bombardeaba la zona, sino que era un tragaldabas que aspiraba cuanto tenía en frente. La voracidad y fiereza de su ataque hizo que soldados de nuestro bando cayeran en combate, confundidos entre el enemigo (guardé un minuto de silencio por mis medias del hombre araña), pero la victoria se impuso en los dormitorios y el pasillo principal. Bueno, hubo que dejar a los heridos amontonados para conquistar otros territorios (acabo de recordar que debo ordenar el monte de ropa que está sobre la cama), pero el invierno de la pestilencia fue finalmente reemplazado por el alba de la higiene.
La misión principal estaba por comenzar: recuperar el salón principal del piso. Invadimos el lugar con todo el arsenal que teníamos: la presencia del enemigo requería de una ‘blitzkreig’ insensible. La fuerzas del eje lanzaron un contraataque de polvo y restos que atoró las fauces del tanque. Aunque hubo una leve retirada, ahora la lucha sería cuerpo a cuerpo: cogí la escoba y me batí a duelo con toda la mugre imperante. Fueron 20 minutos de jaleo intenso, la mesa y los muebles se movían estrepitosamente por la fuerza del ataque y, en un vano intento por aplacar mis esfuerzos, cayeron granadas que ocasionaron una polvareda tóxica que mellaron mi garganta y le provocaron ronquidos estruendosos. Finalmente, la higiene se impuso y el basural que ahí existía se convirtió en un palacio reluciente.
Cansado por el estupor de la batalla, agotado hasta las vísceras por el difícil encuentro con la mugre, decidí regalarme una siesta repentina. Me dormí como un niño en el regazo materno sin darme cuenta que quien me acurrucaba era la mugre misma que se había adherido a mi cuerpo durante la lucha. Porque era tal la lasitud que me embarcaba que a propósito evité una buena ducha y me acosté, completamente enmugrecido, a soñar hasta la víspera del día siguiente…
Una silueta negra en forma de feto duerme ahora en mis sábanas…
no entendi este cuento parece mierda
Hola Allison. Me parece bien que no te gusten los escritos pero en este blog no acepto los comentarios subidos de tono o con algún tipo de insulto, por lo cual pasaré a borrarlo. Tus comentarios serán bienvenidos con respecto al blog, así sean negativos, pero siempre y cuando guarden el decoro y se abstengan de insultos.
Gracias, un saludo.