Historias cotidianas, de aquí,
hoy y siempre

 

mensaje a mi concienciaHace un par de semanas, una persona de mi entera confianza me clavó una puñalada en la conciencia: “¿Cuándo planeas comenzar a vivir tu propia vida?”. La frase, exenta de todo tipo de anestesia decorosa, fue un golpe al plexo que caló en lo más profundo de mi ser.

Aunque siento plenamente que la vida que ahora disfruto me pertenece, algo de cierto debe haber llevado esa afirmación, porque un tufillo de incertidumbre me invadió plenamente. Hay diatribas internas que aun cargo a mis espaldas y que no son mías, sino que me vi forzado a llevarlas para aliviar de un cáliz amargo a otras personas a quienes quiero en demasía.

Tampoco son pesares inacabables, o tediosos pecados que hacen de la vida de uno un sublime martirio. Son menos que eso. Son hábitos adquiridos, costumbres que provienen de una mala enseñanza, bucles sin propósito que llevo en la inconsciencia y que se instalaron allí en esos años de la niñez, que a pesar de permanecer en la reminiscencia, asoman como travesuras sin castigo, dejándose ver.

De vez en cuando aparecen como centellas cegadoras que me provocan cierto pesar, y me obligan a vestir de negro por aquellas experiencias que tuve que apartar de mi y cambiarlas para adaptarme a una etapa de sensaciones extremas y, parafraseando a Vallejo, golpes en el pecho tan fuertes, yo no sé.

Fueron momentos en los que mi yo niño se volvió adulto de un solo golpe, sin previo aviso y dándose de fuertes cabezazos contra aquél concreto de experiencias llamado vida.

Lo cierto es que a veces ese niño me reclama, le reclama a mi yo – ego, al padre que todos llevamos dentro, esa ansiada libertad para acometer todo aquello que le fue negado. Esta situación, ya a mis tres décadas, me hace vivir en muchos casos un fuerte tormento, un debate que me mantiene entre Escila y Caribdis y de cuyos aguas tempestuosas no puedo escapar. Sé que en algún momento sucumbiré ante tales antojos, quizás caprichos de un niño castigado por un destino incólume e imprevisto que lo manejó a su antojo.
Sé que cuando estas ansias me lleven a afrontar ese momento lo haré del mismo modo en el que he aprendido todas las lecciones que esta vida mía me ha enseñado, como una maestra severa con una regla lista para golpear la palma. Es decir, a la fuerza.

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