Historias cotidianas, de aquí,
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McMinn-Anatomía Humana

Excelente libro sobre Anatomía. Una descripción milimétrica del cuerpo humano.

Para tener una visión más amplia sobre el problema vertebral que hace seis meses me tiene semi-postrado, decidí comprar un libro sobre el tema. Pero no cualquier bibliografía, ni mucho menos uno cuyas definiciones, probablemente por todo lo que he estado leyendo en bibliotecas, Internet y demás, ya conocía. Me aventuré entonces por una obra que en su totalidad tiene carácter médico.  Después de todo, aunque no estudié la carrera (una decisión que mi padre ya me perdonó, pero que hasta ahora lamenta), siempre me sentí atraído por la nutrida biblioteca que él tenía en su consultorio, una especie de altar a la medicina y el refugio en el cual él, hasta ahora, se decanta leyendo páginas amarillentas que datan de sus años universitarios. Es decir, hojas que tienen más de cinco décadas. Esto no significa que constantemente no consiga diamantes y piedras preciosas en cuanto a bibliografía médica se refiere, pero a su edad el recuerdo de todo su recorrido por la vida le puede y tiene especial cariño por las páginas que le dieron los fundamentos para convertirse en el profesional que, a pesar de que ya no ejerce la medicina, no por falta de ganas sino por la ausencia de juventud, es.

Esos libros siempre me fascinaron pero los leía de forma desordenada. Cuando por cualquier gripe o resfrío me llevaba a su consultorio, ojeaba con beneplácito, sobre todo, a Mc Minn, y su descripción milimétrica del cuerpo humano. Además de otras piezas que ahora ya no recuerdo. En ese entonces tenía quizás…¿14 o 15 años? Quizás un poco más. Luego, una vez iniciada la carrera universitaria, me decanté por los libros relacionados con la historia, la política y la literatura. De estos, el segundo tema me fascinó, porque durante mis años de estudiante, los peruanos vivíamos una dictadura que conquistaba el corazón de los más pobres con migajas, en vez de establecer verdaderas pilastras para un crecimiento sostenido que de beneficios sociales a la población.

Esta vez que regresé a Lima, hace seis meses, ya con la hernia discal a mis espaldas, volví a ese consultorio, ahora casi un mausoleo en comparación a los años 80, cuando los pacientes invadían el lugar. Muchos de ellos paisanos de mi padre, serrano de corazón y sobre todo, médico de vocación: no era necesario llevar dinero para pagar la consulta si el gobierno y el terrorismo te habían dejado en la más absoluta miseria. Si eras pobre y serrano el viejo te atendía sin titubear y finalizaba la consulta con un “no te preocupes, ya me pagarás”. Esto último siempre sucedía, pero para la gente humilde la retribución no necesariamente significa un fajo de billetes: en el jardín de mi casa a veces llegaban patos, gallinas, conejos, cuys por montones (o cobayas, como se les conoce aquí en España…y que en Perú son un plato exquisito) y en una ocasión, una cabra. Si alguna vaca no tuvimos pastando en la casa fue porque, ante la falta de espacio, mi papá rechazó el ‘pago’. Bueno, sí llegó, pero en trozos y listo para embutirnos de carne roja durante casi un mes.

El hecho es que, cuando volví a ese consultorio, a esa mezquita médica, esos libros me fascinaron nuevamente. Y nuevamente cometí el error adolescente de darles una ojeada, mimarlos, perderme entre ellos a pesar de su terminología fatigosa, pero sin digerirlos como se merecen: con esa concentración que sí tengo cuando leo a Habermas, a Kapuściński, a Noah Gordon, a autores peruanos como Scorza; o para otras actividades como las artes marciales:  de joven, durante el entrenamiento,  estaba tan focalizado en lo que hacía que los golpes y el dolor nunca existieron.

A pesar de que me llevé unos libros a casa, por falta de tiempo, solo pude mirarlos por el rabillo de sus portadas, con ansias lejanas, sin ensimismarme y hacerme cómplice de la sapiencia que de ellos emanaba.

Por eso es que, ahora que estoy enfermo de la columna, esa raquis que es el único eje que nos mantiene en bipedestación (y por lo tanto, la que nos da la libertad), he decidido centrarme un poco en leer las piezas de la biblioteca de mi padre que siempre me causaron admiración pero que cobardemente dejé a un lado. Evidentemente, el primero que estoy leyendo está relacionado con mi dolencia: “Hernia discal lumbar, diagnóstico y tratamiento”, de Francisco Villarejo. No es que me quiera convertir en médico ni mucho menos, pero es una deuda pendiente conmigo mismo, y sobre todo con el viejo, que cuando le conté que había comprado esa obra me pidió que se la enseñara por la cámara del Skype. Luego comenzó a hablar con una voz trémula y a decirme “te voy a recomendar unos autores muy buenos, que inclusive compré allá en España. Tú no tienes problemas con el inglés, así que también hay bibliografía interesante en ese idioma. Pero primero recuerda repasar anatomía ¿recuerdas que algunas cosas te enseñaba? Porque con ello navegarás sin dificultad por esas páginas”. Evidentemente, me voy a hacer nuevamente con el libro de McMinn que en su momento miré (ya me descargué el PDF, ahora hay que ver donde imprimirlo). Porque las quince primeras páginas de Villarejo, aunque no han sido tan complicadas como imaginaba, si que han conseguido forjar en mí algo que sentía perdido: la focalización, el concentrarme al máximo en algo para darle paso al conocimiento y de esta forma, olvidar esos latidos e hincones constantes que todo el día entumecen mi zona lumbar y mi pierna derecha. Lumbociatalgia, que le dicen.

Comments

  1. Ana
    Wed 09th Jan 2013 at am 2:58

    Richiee, tu testimonio me ha conmovido. No dejes de escribir ni de leer ;)

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    • Ricardo Granda  –  Wed 09th Jan 2013 at am 11:31

      Chata?

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