Hace un par de semanas, una persona de mi entera confianza me clavó una puñalada en la conciencia: “¿Cuándo planeas comenzar a vivir tu propia vida?”. La frase, exenta de todo tipo de anestesia decorosa, fue un golpe al plexo que caló en lo más profundo de mi ser.
Dicen que cuando uno se bloquea es porque algo grande se avecina. No sé si será mi caso, porque en esta última semana me he sentido frenado, sin ganas para sentarme al ordenador y plasmar mis pensamientos en algún corto post o inclusive inventarme una frase que me levante de este letargo, que aparentemente ha venido para quedarse.
He vuelto nuevamente a mis orígenes. Quiero decir, al lugar que me dio la bienvenida al viejo continente: Barcelona. La ciudad tiene un aire que me cautiva dulcemente y que ha provocado en mi cierta adicción, un apego incondicional que me devuelve a ella cada vez que quiero exorcizar mis propios pensamientos.
Terminé la secundaría en el Colegio Champagnat en el año 1995. Si la memoria no me falla (un alzheimer precoz sería una dicha que creo no merecer), la decisión de darle a ese grupo de ciento y tantos de amigos el nombre de Promoción Hugo Salazar Rivero fue unánime. Hugo, quien irónicamente no estuvo en las fotos de nuestro último año en ese fortín miraflorino llamado Champagnat, ni en aquellas que traen a la memoria los tres últimos años de la secundaria, fue un gran amigo mío hasta que la leucemia decidió, sin concesión alguna y de forma inopinada, arrancarlo de este mundo: ese que aun no conocíamos y se resumía en juegos , bromas iracundas y en algunos casos (apostaría que en la mayoría) prácticas onanistas.