“¿Por qué se acaba el amor?”. Esa pregunta me dejó helado, de una sola pieza. Tenía muchas respuestas, quería lanzarlas a modo de repetidos escupitajos. De haberlo hecho así, estos habrían estado cargados de realismo, raciocinio e incluso explicaciones científicas: el nivel de las feromonas, la pérdida de líbido, alteraciones en la sinapsis y ¡ah! ¡sí!, un bajo nivel de serotonina.
Hace unas semanas, mi querida novia volvió a sacarme de mis cinco sentidos. Ojo, esta vez no fue una pelea (no discutimos a menudo, aunque cuando sucede vivimos una especie de Apocalipsis que se repite…y repite…y repite) sino una frase que me heló de los pies a la cabeza y me dejó lelo, sin reacción, sin saber que decir frente a semejante perjurio.
Hace un par de semanas tuve un lio gordo en casa. No voy a entrar en detalles, puesto que, aunque este es mi blog, mi novia ejerce cierta censura sobre él. No es ella quien escribe y no le gusta que dispare a mansalva nuestras intimidades, por más que la acogida que tiene esta bitácora es superflua y lo que a mi me interesa es tener un espacio para escribir, contar y expresarme libremente. Pero bueno, el motivo de la discusión, los celos, sí que me permiten iniciar un nuevo post.
Los veinte años son, quizás, la etapa con más brío de toda nuestra existencia. No puedo quejarme, menos ante ustedes, ahora testigos y cómplices de lo que viví durante esa década. Fueron diez años de experiencias memorables que marcaron la senda que he decidido tomar y que recién comienza a aclararse en el horizonte.
Han pasado dos semanas desde que mi pareja fue a darse un merecido descanso a Perú. Su ausencia me ha dado la oportunidad de retomar viejas amistades, dedicarle más tiempo a cosas que me satisfacen y explorar nuevos ámbitos en los cuales quiero incurrir. Pero al mismo tiempo, me ha dejado en un mar de soledad que por momentos se torna embravecido.