Nunca había visto una persona tan visiblemente mayor, a menos que sea en una fotografía de
ocredescolorido o aparentemente dormido en una cofia de madera rectangular. Sin embargo, don Juan estaba de pie y respiraba, aunque uno no podría distinguir si eran esforzados suspiros robados a la muerte o el viento que lo golpeaba y devolvía ese cuerpo a su estado primario: el polvo.