Es sábado por la noche y estoy solo en la habitación. Mi novia ha salido con unas amigas y yo decidí, más por cansancio que por falta de ganas, estacionarme en casa y pasar unas horas pegado al ordenador. Hace unos años actitudes como está habrían provocado una náusea en la peña: sentado frente a la pantalla un sábado por la noche sin planes y desempolvando recuerdos. Pero ahora me divierte y entretiene pasar un fin de semana a puertas cerradas.
“¡No me quiere!”, pensé. Nunca antes me había sentido tan desolado, tan minimizado por alguien a quien quería y admiraba mucho. Mis ojitos se llenaron de lágrimas cuando recordé lo que me dijo. Fue fuerte. Fue duro. No puede aguantarlo. Decidí irme. No quería estar más allí.
Fui a mi cuarto con cara de resentimiento, los labios enjuagados en lágrimas y el corazón herido. Cogí una pañoleta, la favorita de mi madre, y después de limpiar los cauces de mis mejillas comencé a hacer una improvisada maleta con ella. Cogí solo lo necesario, aquello que según mi intuición me iba a hacer falta para sobrevivir: un poco de arroz, un libro y a un insigne amigo cubierto de felpa que había sido mi compañero en las noches más amargas. Los envolví en aquél paño de seda y me los puse al hombro, decidido, inobjetable.
Ese verano fue bastante intenso, no solo por los 40 grados que a diario nos derretían a mí y a mis compañeros de aventura, sino por las incontables experiencias que aquél lugar llamado Costa Ballena me permitió vivir. No, para este humilde servidor no fueron unas vacaciones de verano, como si lo fueron para el mar de españoles que cada día llegaban a disfrutar de unos meses de playa y sol. Por el contrario, esos setenta y cinco días que pasé al borde del mar fueron una dura prueba para mi y otros inmigrantes que, como yo, habíamos hecho de las ferias itinerantes nuestro estresante pero único estilo de vida.
Cada mala noticia que llegaba junto al abogado, escondida en el maletín y hecha realidad en un papel firmado por un juez sin rostro, provocaban la ira de Rolando. Lo cierto era que no había discurso que convenciera aun tribunal antiterrorista, ni al gobierno de turno, el primero el brazo ejecutor y el segundo la cabeza de aquella arpía creada desde el Servicio de Inteligencia para prolongar su estadía en el poder durante unos cuantos quinquenios más.
Cuando uno es niño o adolescente no mide las consecuencias de sus actos, muchos aún no se han dado de bruces lo suficiente contra la dura y ennegrecida realidad de la vida y la mayoría hemos tenido a papito o mamita para ponernos de pie. Es por esto que las bromas, si bien arrancan más de una sonrisa, a veces son crueles, inmisericordes y ofensivas, amén de aquellas que ponen en riesgo la seguridad corporal, como aquella vez en la que a un amigo del colegio fue “apanado” impíamente por la promoción, en un primer momento, y por todo el colegio, en un segundo. Era su cumpleaños. En cuarto de media. El resultado: un brazo roto y 500 pelmazos haciendo la vista gorda mientras el agasajado gemía de dolor…