Después de semanas de un ocio sublime, de andar despanzurrado por el piso mirando de reojo y con recelo todo aquello que había a mi alrededor (que, ciertamente era mucho) hoy decidí, con la frente altiva y la mirada serena, enfrentarme a toda esa inmundicia reluciente presente en todas partes.
“¿Por qué se acaba el amor?”. Esa pregunta me dejó helado, de una sola pieza. Tenía muchas respuestas, quería lanzarlas a modo de repetidos escupitajos. De haberlo hecho así, estos habrían estado cargados de realismo, raciocinio e incluso explicaciones científicas: el nivel de las feromonas, la pérdida de líbido, alteraciones en la sinapsis y ¡ah! ¡sí!, un bajo nivel de serotonina.
Lo que uno puede conjeturar más en su vida, van de acuerdo a las preguntas básicas de los eternos problemas filosóficos.
Lo que les podría decir es que en realidad muchos de esos problemas radican sencillamente en aquel ente que no piensa lo que vas a hacer, no te dice lo que vas a hablar, ni tampoco te menciona por donde debes caminar. Ni mucho menos donde correr en caso de emergencia. Tampoco le importa cómo te sientes, ni cómo estas. Pues para este solo te encuentras en la línea que debes seguir al igual que el mar de seres humanos que habita este mundo.
He comenzado a practicar deporte nuevamente y ayer inicié una nueva rutina. Esto no significa que en mi vida no la haya aplicado, sino que volví a retomarla después de bastante tiempo. Pero más allá del increíble desgaste físico que significó aquél momento, ciertas ideas antes invisibles recorrieron mi mente durante esas dos horas de práctica.
En el interior de la sierra peruana existen miles de cuentos, mitos ocultos que son la única explicación que los lugareños le dan a su razón de ser. Creencias interminables que traspasan la barrera del tiempo y que son transmitidas por el boca a boca, haciendo a un lado al testimonio escrito y debatiéndose entre la realidad y la fantasía, dos mundos entrecruzados entre los cuales yace la historia del lugar.