Dios sabe por qué hace la cosas, reza el viejo dicho. Esa mañana, Dios seguro olvidó esta frase. Finalmente y después de dos años y medio de reclusión, volví a ver el sol en el firmamento, pero ya no era un destello pusilánime que atravesaba como un tímido susurro por los barrotes de mi celda, ahora era un astro avasallante que desparramaba su dicha en todo mi rostro.
La calle me sorprendió como a un niño en su primer paseo matutino. Después de divagar por los arenales, caminando 10 minutos entre dunas y ventiscas polvorientas, llegué a una solitaria carretera. Un cartel semi-colgante y cuatro cajas de madera hacían las veces de parada de autobús.